Después de algunas noches, el desierto encontró su oasis. Nunca estuvo tan seguro de germinar, fue el baile inclaustro del día con la noche. Y sin embargo, aprisionó sus gotas y las bebió para hidratar la piel tersa de su corazón.
Nunca fue tan grande, la lluvia se evaporó despacito como rocío hambriento por volar.
Y se despegó. Y nunca jamás lo vio.
El día y la noche agotaron sus posibilidades, la Luna se interpuso a que brillara el Sol.
En el intermedio del espectáculo, el eclipse formuló el rayo de luz que develó el camino.
Y entonces, habría sido muy tarde.
El Sol brilló con su luz, envolvió la Luna
y el eclipse se repitió cada noche buena.
Ya estaba vacío.