17 abril, 2012

La Luna no es la misma en el desierto.

Después de algunas noches, el desierto encontró su oasis.  Nunca estuvo tan seguro de germinar, fue el baile inclaustro del día con la noche. Y sin embargo, aprisionó sus gotas y las bebió para hidratar la piel tersa de su corazón.
Nunca fue tan grande, la lluvia se evaporó despacito como rocío hambriento por volar.
Y se despegó. Y nunca jamás lo vio.
El día y la noche agotaron sus posibilidades, la Luna se interpuso a que brillara el Sol.
En el intermedio del espectáculo, el eclipse formuló el rayo de luz que develó el camino.

Y entonces, habría sido muy tarde.
El Sol brilló con su luz, envolvió la Luna
y el eclipse se repitió cada noche buena.

Ya estaba vacío.