Mientras la sonaja se agita, el mar humedeció la sábana. Las gotas de brillo de tus ojos a mi infinito. La poblada lluvia que chispea nuestros zapatos.
Mis manos se formaron entre las tuyas y tu sonrisa sonrojó mis pesares. Tomé la sal necesaria para enfriar mi soledad y mis pasos se enmarcaron al tamaño justo de los tuyos.
Borré con tinta transparente la sombra de mi pasado, auguré el lejano presente y el infinito futuro que se extinguió aún antes, mucho antes de empezar. Las piedras fueron la vereda por donde aprendimos a caminar, no existían tales perturbando nuestro camino, porque la misma piedra la formamos nosotros y sí, caminamos sobre los escombros. Con desdén, de afuera hacia adentro, con la profunda culpa que albergaba nuestros besos, tu sexo, tan cerca del mío sin consumarse después de cada amanecer. Y así fue; aprendí a borrar las huellas inexistentes de tus manos desnudando mis huesos, a cubrir las gotas de la lluvia de un sábado cualquiera, a sujetar mi cinturón tan próximo al tuyo y a esconder mi corazón detrás de tus hombros.
La sombra de un día más, que poco a poco fue restando espacio, sobró el amor que no existe y faltó empezar con una tinta nueva, la historia que imaginé. Bajo alguna sombra, en un cuaderno, sobre estimando tu respuesta. Y sé que temblaste, estremecí tu cuerpo como nadie lo había hecho. Vibraste y me gritaste lo más fuerte que pudiste y yo te escuché. Abracé tu silueta, escondidos por la noche, besando la Luna, asemejando las estrellas. De mi alma al infinito.
Ensordecida estuve por el aullido de dolor cuando toqué tus heridas, las lamí cual perra con sus crías. Y regresaste ahí, abrazaste los cuchillos y mordiste el metal que oxidó tus lágrimas. Y sonreíste. Y sonreí. Di la vuelta y supe que te había sanado. Me dirigí a buscar mi dolor, para herirme y después curarme. Cuando regresé a mirar la escena, abandonado estabas, olfateando mis pasos y yo estaba de pronto ahí, con la mirada ausente, pero firme, con sabor a mediodía y aroma a ti.
Justo cómo cuando sané tus heridas. Pero ahora las mías también están cubiertas y pues ya no tengo espacio para una más, las cicatrices de mi cuello a mi talón, cuentan historias. Si le buscas forma, también son letras y en el margen de mi cuerpo, cual papel, estremeciéndose y aullando, de la misma forma que me curé y volví a herir, las marcas atravesaron mi dermis, hasta el infinito, una vez más.