Cuando encendí el monitor, tu figura parpadeaba entre pixeles de colores. Las sombras eran casi perfectas y así.
De las tardes más cualquiera que conozco, caminaste en dirección a mi. Una mezcla de tantas cosas fueron el escenario para el concierto más efímero de mi vida. Los colores en mi cara, la cantidad de sangre bombeada, la respiración, el sudor de mis manos y, sin saber por qué.
Un par de canales. Una sonrisa. Unas teclas. Un mensaje. Un encuentro, otro, otro y ya.
Tu voz, ahí, por ahí, sobre ahí, frente ahí. Un palacio. Arte. Un edificio. Una queja. Un beso. Un abrazo eterno. Una cajetilla despreciada. Unos cuántos cigarros apagados y entonces, desapareciste entre la obscuridad de la noche.
Sé que mis gritos no son mal escuchados, sé que sabes que no tienes que estar seguro. Sé que se acabó.
O no.
Con la eme que separa y nos une.