04 septiembre, 2011

Real o irreal.

Capítulo 1.

Cuando las notas suenan en la comisura de mis oídos, las palabras se escurren despacio sobre los extremos de mis dedos. La brisa me platicó que un millón de estrellas se encharcan debajo de las suelas de mis zapatos.
Me agaché de prisa, mientras mis ojos devoraban el espacio rápidamente, aseguré el eterno recorrido instantáneo. Igual que la sopa que derramé sobre mis cuadernos.
Caminé rápidamente y una sombra arañó mi tranquilidad. Con los ojos cerrados, el hombre acariciaba las paredes, imaginando mis pantorrillas y mordiendo mis talones. Me alejé ferozmente cuando el saboreaba mi entrepierna. Con las ganas más contraproducentes de escapar, agaché la mirada y lo dejé continuar.

El camino fue  poco placentero, no supe cuanto tiempo pasó, hasta que llegué al destino no planeado. Las paredes cubiertas de rojo carmín, aceleraron mis sentidos. Las pupilas de mis ojos reventaron sin darme cuenta. Los deseos reprimidos, se escurrieron un poco más.

Tal vez las gotas sólo quieren ser escuchadas, anunciando el Septiembre prometido. Al cerrar la puerta, el sonido perturbó el silencio, caminé no sé cuántos pasos más. Y mis manos yacían en los extremos de mis caderas. Parecía nadar entre lagunas de agua con sal. Tomé un cigarrillo de mi bolso izquierdo y lo encendí. Mientras el humo interrumpía mi vista, mis piernas se quebrantaban un poco más. Mi vista destrozada, y mis ansias entorpecidas, el resultado de tanta felicidad, o quizá, todo lo contrario. O un poco más.

Al abrir los ojos, el hombre saciaba mi sed, me encontraba frente a una torre de mentiras. Y ¿Cómo poder deshacerme de ellas, si yo misma las formé? Tal vez, era luchar contra mí. Quizá, el hombre sólo es un espejismo, tal vez mi cuerpo no aguantó el tamaño de mi alma, transformada en rabia. O simplemente, era un mal sueño, de esos que después me gusta narrar.

Sentada en un rincón de ese lugar desconocido, miraba con paciencia al rededor, deseaba tanto vivir una realidad diferente, que no me adelanté a que posiblemente se hiciera realidad. El hombre trepaba ágilmente sobre un árbol. Un fruto extraño entre sus ramas, su cuerpo destilando sabiduría y mil preguntas dando vueltas en mi cabeza. No supe por cuál comenzar.
Cuando pude estar de pié, con mis manos formé un nudo en mi cabello. Caminé despacio hasta el árbol aquel. Con seguridad pregunté su nombre. -¡Lo debes saber, tu nos trajiste hasta aquí!, respondió.
Su cara tenía manchas de Sol, algunas ojeras y arrugas por doquier. Mi gesto de ignorancia, adelantó su caída. Tomó mis manos y miró mis ojos. Los suyos eran tan claros que mi reflejo bombardeaba mi silueta.
-Deberías comer algo, sólo han pasado quinientos años. Después de la carcajada con la que continúo su comentario, contesté -¡Usted está loco, nadie ha vivido quinientos años, es producto de mi imaginación! Estoy casi segura que sólo vive en mis cuentos. Lo sabía, me ha engañado. -Te has engañado tu misma. ¿Ves esa roca de allá? Estoy segura que no puedes patearla, ni siquiera un centímetro. Sin pensar, me abalancé sobre la piedra, y esta se deshizo. Aún más confundida que al principio, volví ahí. Mientras de su bolsa alcanzaba algo parecido a una pipa y la encendió. Riendo continuó. -Cuando llegaste aquí, dormías, tuviste algunos segundos de cordura y elegiste esto, con soledad y te desafié. A mi también el destino me alejó de quienes amo, y ahora, sentado en este árbol mirando tus ojos de terror y tu mal olor, tengo que encontrar mi propia razón. Esa, por la que algún día, decidí venir aquí. 
Me senté cada vez más cerca de él. Olía a madera y a pescado. Sólo quería saber que estaba pasando, golpear mis rodillas, pellizcar mis pómulos y volver a mi realidad. Esa, que me dolió hasta los huesos, esa que no me di cuenta, hasta que desapareció.
-Somos tan poco, y tanto al mismo tiempo. No valoramos el amor realmente. O acaso, ¿Tu llegaste hasta aquí, por no merecerlo? ¿Lo deseaste tanto, que no imaginabas, pasaría? El rechazo continuo de pruebas en una vida que ni siquiera estamos seguros de tener. Que incluso es más grande que el miedo mismo por salir a vivir. Demasiado pobre para la sociedad. Complicándonos la vida y llenándola de preocupaciones y así dejándonos de ocupar. Fue demasiado que no nos alcanzó el primer capítulo de lo que apodamos vida. La cual malgastamos y derrochamos como si tuviéramos el bolso lleno de ella. Nos acostumbramos a regresar al inicio, a borrar, a evitar errores, a terminar con ellos, a comenzar de nuevo. Deseamos más cosas de las que podemos manejar. Inquietamos tiempos remotos y unos más grandes, por miedo a perder todo y no tener tiempo para corregir. ¡Si supiéramos que nada se corrige! ¡Nada se acaba! ¡Todo está ahí! Solo tiene miedo ser contado. Lo hacemos a un lado y nunca se va. Se queda, y lastima, lo intentamos esconder y cada vez se mira más.