Capítulo 1.
Caminé despacio, sin ruido, y mis bragas acariciaban mi entrepierna con el frío de su húmedo invierno. La puerta casi abierta cubría la obscuridad con una luz resplandeciente que señalaba dos cuerpos encimados. Decidí mirar del otro lado, ésta vez la manija se había vuelto eterna.
Nunca miré sus ojos tan extasiados, jamás noté su piel con tanto placer, nunca sentí su miembro tan deslumbrante, como aquella vez.
Ella, por el contrario, parecía aumentar la lista de salivas que saboreaban sus pezones, sus ojos cerrados no mostraban pasión, pero sí entrega. Sus manos se apresuraban a estimular todo su cuerpo y sus piernas abiertas recibían aquel sexo ilegal.
No recuerdo en qué momento mis piernas se doblaron, con lágrimas en la conciencia admiré el cuadro durante algunos minutos, eran segundos eternos que parecían golpear suavecito mis pestañas.
Él, nunca me había penetrado de esa forma, jamás había enredado así mi cabello, nunca había escurrido su saliva por mi alma, jamás había saboreado mi cuerpo obsesivamente como el de aquella noche.
El encuentro parecía no terminar, tomé las llaves de mi Chevrolet y arranqué sin un destino claro. Era tan grande su pasión, que ni la alarma lo descuidó. Vi pasar tanta gente y mi mente seguía profundamente sola. Era quizá, la única forma de escapar del amor que no fui capaz de hacer que me tuviera. Del hambre con que me comió ésta misma noche y la forma irracional en que se comía a la mujer de la cama.
Al llegar al primer hotel de Tlalpan, con miedo, y el frío entrando por las ventanas a medio centímetro supe que ésta noche debía ser diferente. Y así parecía ser, pues las luces se iban apagando poco a poco, la ciudad me iba dejando lentamente sola. Y así me sentía. Quizá nunca hubo una diferencia. Me empeñé a estar con alguien, que no quería estar conmigo. Alguien que decidió mentir porque yo quería que mintiera.
Que sus enojos los hice realidad, que su amor inexistente se formó en un par de noches, y sobre todo, que la forma en que me lo hacía, nunca fue suficiente.
Era tarde y la claridad de mi mente era cada vez aún más densa. Al estar en la habitación, lo primero que logré fue mirarme en el espejo del tocador y sonreír sin quererlo, sólo para no recordar la misma escena que se repetía tantas veces en mi cabeza.
Como pude, quité la ropa que me quedaba, abrí la llave de la tina y esperé a sumergirme. El vapor cubrió rápidamente el cuarto, sin planearlo, quise contar cada gota que se formaba en las paredes del lugar. Instintivamente me sumergí en el agua, dejando atrás cada parte de secura que sobre llevaba en mi cuerpo. Siendo interrumpido por lágrimas chillantes que cubrían mi tez de vez en vez, y a quienes procuraba evitar dejar libres.
Era el momento en que mis manos acariciaban desde mi cabello hasta mis pies, mi abdomen flácido y mis piernas insoportablemente feas. Mis ojos sin textura, mis labios sin expresión, mis dientes sin forma suave. Todo parecía ser inferior, todo empezaba a tener un por qué.
Quizá mi cabello no era tan terso, quizá mi cadera no llenaba su soltura, quizá mi vida era más grande que él.
Sin sentir el tiempo, tomé una toalla cercana. Cubrí mi cuerpo y lo seguí acariciando, no podía detenerme, no quería detenerme.
Caminé diez pasos hacia atrás, choqué con la cama queen size y despavorida me solté a llorar. Abracé la almohada sin vida y de pronto, el sonido de mi celular opaco la calma de mi llanto. Era él.