Hoy regresé, y como todo buen regreso tengo las manos entumecidas.
No sé escribir, no sé cosas que se supone debería saber. Y es porque no quiero.
He recordado cuando Luis me dijo que no sabía que sería de mi si no existiera Twitter.
¿Así me veía? Que tan poquito debes reflejar para que tu vida la salve twitter.
En fin, entiendo que nunca he sido perfecta. Entiendo que la vida nunca me ha salido como yo hubiese querido, pero tampoco creo que sea una tragedia.
Y digo, la trágica soy yo. Y a comparación de quienes son "alguien" en esta vida, quizá si lo sea.
Pero no soy lo suficientemente depresiva como para ser yo quien me mande a la tumba. Nunca será, nunca pasará y es de las pocas cosas que me puedo jurar consciente.
Hoy regresé, y mi corazón está triste. Está tan roto como el primer día. A veces se junta con pedazos mal cortados de cinta de aislar, de esa que aleja la electricidad, pero que nunca es suficiente para detener la hemorragia tan profunda de mi corazón.
Hoy regresé y es probable que no me vaya. O quien sabe, es un mes de celebración. Y como toda buena poeta (que no soy) sólo fluyen mis sentimientos cuando el dolor es la gasolina.
A diferencia de las otras veces, no me importa en lo más mínimo la coherencia, la poesía. No elegiré las palabras con tal detenimiento como elijo mi ropa de la escuela, como antes, simplemente quiero desahogarme y aunque seguiré siendo la chica que nunca nadie lee, estaré más tranquila después de hacerlo. Porque sí, Luis tenía razón. No sé que ha sido de mí todos estos años sin twitter.
Y la verdad si sé. Y al mismo tiempo no.
¿Les gustaría a mis amigos del cibermundo que les contara mi verdad? ¿Les gustaría que les revelara los secretos más profundos que me han sido revelados en todos éstos años de ausencia?
Este espacio, lo considero el último de los rincones secretos de internet. Amaba cuando podía expresarme libremente sin que nadie supiera más que dos o tres mentes que siempre tenían una respuesta inteligente a mis preguntas absurdas. Y hoy en día, toda esta basura publicitaria ha matado mis indicios creativos en el medio cibernético.
No sé si algunos estén de acuerdo conmigo pero los que iniciamos en internet, lo hicimos buscando una salida continua e imperecedera de espacios creativos, de expresión, de desahogo de todo lo que veíamos en el mundo exterior que no nos parecía cuerdo, racional y mucho menos coherente.
Y eso era, así funcionaba, No era twitter, era un verdadero estímulo creativo. En fin, esto quedó en el pasado y claramente tuve que buscar nuevas alternativas para esconder mis atributos intelectuales, asociales y difusos.
Dejé un poco que la vida me llevara como la marea a la arena, y sin discutir mucho accedí a ser una pieza del rompecabezas que es la vida. Llegué a terrenos inexplorados y comprobé la hipótesis que el medio define al individuo. Este mar me llevó a la realidad casi especulada sobre alguien como yo. Y lo permití, me uní, me cristalicé en uno con la vida. Y extrañamente ahí encontré felicidad. A mi camino llegaron expresiones como: "Para los mayas uno ya tiene su camino trazado, un destino, una orden divina, si tú te niegas a seguir esta orden prepárate para seguir el camino más tortuoso que conozcas; (claramente) el tuyo". Y cosas así. Hasta ahora no sé si tengan razón. Me reconocí en la historia de mis antepasados, me reconocí en mi dolor, en el de mis días muertos, pero de eso, si me lo permiten, les hablaré más adelante.
Es una sensación muy extraña e inexplicable el sentirte parte de un destino mágico y previsto, escrito por quién sabe quién, que si bien te va es Dios, y si no.. bueno no lo sé.
Es como sentirte parte de un cuerpo humano, pero ser el páncreas, (LOL) Es sentirte con todo el poder del universo, pero no poder usarlo. Es estar en Hogwarts pero ser un squib. En fin, esta primer etapa la llamaré: La primera verdad. Y lo digo así, porque mis sentidos se despertaron. Empezaron a existir por cuenta propia y experimenté de pronto la sensación de cientos de miles de nervios atravesando mi espina dorsal.
No faltó el pan, la bebida, los amigos, las largas noches de Luna, vi más que nunca las estrellas, sentí más que nunca el frío, tuve tierra seca entre los dedos de mis manos, exhalé profundamente en más de una ocasión. Me sentí acompañada, me cobijé entre los brazos de la tierra, y saboreé la bondad más inesperada del ser humano.
Le diría a Octavio Paz que trascendí mi soledad. Renuncié a todo lo que era (o creía ser) y me lancé a un espacio que seduciría mi corazón para atraparme y no soltarme. El pantano más obscuro me enseñaría la cara más amable. Un conjunto de solitarios (o no) traducirían las expresiones de mi rostro, y con la naturalidad de una madre saciarían mi soledad.
Abandoné sin saber lo que tenía y firmé un tratado del que no habría vuelta atrás.
Después de esta aventura llena de satisfacciones confusas, de una tranquilidad abstracta y una sensación de poder y adrenalina; mi corazón estaba en paz.
No necesitaba nada, tenía los problemas casuales de la adolescencia pero en general una tranquilidad casi falsa albergaba cada uno de mis sentidos.
Y entonces después de probar las mieles del destino, de la pertenencia, de la unidad... como la noche con los primeros rayos de sol; desapareció. Se fue, se acabó, tan difusa como una pantalla de humo grisáceo frente a los ojos deslumbrados por el sol de mediodía. Cuando estaba a punto de tocarla, como una burbuja de jabón se destruyó en más de mil pedazos. Los rayos de Sol emanaron cristales luminosos que no conocía, que estaban debajo de esa pantalla casi vívida. Al acercarme lo suficiente pude verme en la orilla de un estanque, mirando mi silueta con vehemencia mientras casi caía a un abismo, tan profundo como las ansias de una adolescente queriendo descubrirse viviendo y no soñando.
En cuanto puse mi mano sobre mi reflejo, la burbuja se rompió y la luz se convirtió en obscuridad. Y entonces así, y sólo así, lo que había velado mi sueño, lo que me había refugiado de la penosa y perversa realidad se había escapado de mis huellas dactilares. En un abrir y cerrar de ojos, mi corazón volvió a romperse. Esta vez el responsable no tenía cara de hombre, pero se parecía mucho.
Tan apasionante y tan viril, tan poderoso y tan protector. Tan fuerte y tan universal, casi cubría por completo el tamaño de mi alma, pude sentirlo. Pero también tan volátil y tan difuso como la brisa que trae el mar a la ciudad.
Esta es la primer parte de la historia de alguien que siempre vivirá escondida. Porque ustedes, la sociedad, son el extremismo de mi Ana Frank. Ustedes a quienes culparé con historia pasada, presente y futura, son el exterminador de mi espíritu creativo. Y deben saberlo...
Una vez más la chica de los casi veintiún años, a punto de revelar los más grandes secretos de mi vida. A nadie. A todos. Hoy y para siempre.
